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La Misionera de
la Caridad de María Inmaculada, por vocación, llamada a hacer presente en el mundo y en
la Iglesia el rostro alegre, compasivo y misericordioso de Dios Padre, debe, para lograrlo, cristificar su persona, entrando en un proceso de conversión-conformación con Jesús-Hijo, para con ello decirle al mundo herido por la soberbia, el poder, el egoísmo, el engaño, un mundo dolorido por la pobreza, la angustia y la desesperanza, decirle que la felicidad es posible, que Dios sigue siendo misericordioso, que Dios nos sigue amando y que: «Basta reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios» Padre y Madre.
Por lo anterior ser religiosa Misionera de
la Caridad de María Inmaculada, es una concreta y específica manera histórica de ser Iglesia. Pertenecer teológica y jurídicamente a
la Congregación, es ser y vivir para
la Iglesia y para el mundo realizando una misión.
POR ELLO UNA MISIONERA DE
LA CARIDAD DE MARÍA INMACULADA ES:
MUJER: Inserta en la realidad que le toca vivir, que desarrolla su capacidad humana, cristiana y religiosa, cuando por el conocimiento y el amor, se relaciona: con Dios, con los demás, consigo misma y con el cosmos, actualizando en
la Iglesia el Carisma Congregacional estando abierta al discernimiento de los signos de los tiempos.
M.CM.I.: Porque sintiéndose convocada por el Señor, orienta toda su vida a difundir
la Filiación Divina y Mariana de Jesús, esforzándose porque su vida sea una invitación a vivir
la Infancia Espiritual –pequeñez—como la entendió y trasmitió el P. Moisés Lira Serafín.
SU EMPEÑO: Llegar a la identificación con Cristo el «Hijo de las Divinas Complacencias» en el misterio de su «Infancia Espiritual»
SU FELICIDAD: Anunciar al Dios de la vida, al Dios de Jesucristo, al Dios liberador, al Dios Misericordioso, Padre de todos.
SU FUERZA: La oración, donde al relacionarse con Dios su Padre, encuentra la fuente y la expresión de su vocación; y la vida de comunidad, donde proyecta su ser de «hija», construyendo la fraternidad de donde emana fortaleza, entusiasmo y dinamismo para el apostolado.
SU IDEAL: La filiación para con el Padre y para con María y la fraternidad para con todos los hombres.
SU GUÍA: El Espíritu de Dios en
la Iglesia.
SU MAYOR DESEO: A ejemplo de Jesús lograr la identificación-unificación de su voluntad con la del Padre, el amor filial a María y la docilidad al Espíritu Santo.
SU LUGAR PREFERIDO: Donde el Padre la envíe por la obediencia.
SU MODELO: Jesús Hijo del Padre e hijo de María.
SU LEMA: «Hago siempre el agrado de mi Padre”.
SU FORMACIÓN: Humana, cristiana, religiosa, específica, eclesial, comunitaria, inserta en la realidad; se da en las diversas etapas de formación, para lograr una personalidad realizada, feliz, madura, equilibrada y centrada en su ser de mujer consagrada a Dios y a los hombres como M.C.M.I.
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